
Ese espíritu musical y ceremonial nativo fue aprovechado con mucha inteligencia para la consolidación de la evangelización durante el Virreinato, y con ello también se enriqueció el arte andino con nuevos géneros e instrumentos musicales, en especial los de cuerda, permitiendo la creación de danzas y escenificaciones teatrales conforme a los nuevos usos y costumbres. Los misioneros recurrieron a estas propuestas artísticas para legitimar las festividades patronales en cada pueblo y para cumplir con el calendario litúrgico. Si bien pervivieron formas musicales nativas, con el tiempo se produjo un variado mestizaje según las regiones y sus raíces culturales particulares.
A partir de la época republicana se incrementaron las creaciones de índole más profana, sobre todo las relacionadas al galanteo, a las nuevas costumbres o a la celebración popular de acontecimientos políticos y militares, enriqueciéndose de este modo lo que hoy se conoce como folclore. La diversidad de las actuales expresiones musicales y dancísticas surge de recreaciones de géneros indígenas prehispánicos, de géneros regionales inspirados en modelos europeos coloniales y republicanos, o creaciones más o menos recientes producto de la creciente presencia de los medios modernos de comunicación. Las canciones y las danzas describen nostalgias o anhelos, los sonidos musicales muestran alegría, euforia, solemnidad o tristeza; y las danzas igualmente se adaptan a todas las situaciones sociales: las hay para animar las fiestas patronales o religiosas, las faenas de trabajo, los rituales de guerra y las diversas fiestas familiares.





















